La reina de los jardines frondosos

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Nati, la reina de los jardines frondosos. Quino Collantes
-¿Se puede pintar la atmósfera, el calor, la humedad de las plantas y el aire que respiras. En pocas palabras: se puede pintar la esencia de lo que te rodea? –preguntó el discípulo.
Y el maestro contestó:
-Se puede si lo contemplas con ojos puros, incluso cuando solamente te rodee el recuerdo. Porque lo dejado atrás, cuando es impresionante por bello, siempre permanecerá en tu corazón.
Iba a decir que este antiguo cuento oriental parece estar escrito pensando en Natividad Gutiérrez, pero corrijo mis palabras y afirmo: este antiguo cuento oriental fue escrito pensando en Nati, siglos antes de que ella cogiera sus pinceles para plasmar su querida selva caribeña sobre el papel y el lienzo. Eso es lo bueno que tiene la ecuación Tiempo-Espacio, que adelanta y mezcla impulsos y latidos que llegarán después, o antes, o al mismo tiempo.
Siempre que recuerdo a Nati la veo en su rincón del estudio, con su bata azul con tantas capas de pintura como un cuadro pintado y repintado, siempre con sus pinceles en la mano y una acuarela por pintar con el mismo y distinto tema de la selva de sus recuerdos. Siempre preparada para abrir el grifo de la fuente que nunca cesaba de manar, inagotable. Y se reía con esa risa contagiosa que solo tienen los que llevan la alegría en los bolsillos del alma, llenos hasta desbordar, que por eso la repartía generosamente.
Al discípulo se le olvido preguntar a su maestro dónde, a su juicio, había más matices de verde, ¿en la naturaleza o en una acuarela de Nati? Y de haber preguntado le habría puesto en un aprieto ya que el anciano, que juró cuando era joven nunca mentir, tendría que decir que en las acuarelas de la pintora, provocando así los celos de la Madre Naturaleza, que tanto amaba. El anciano bien podría ser, seguro, el grabador japonés Hokusai, que, aunque trabajó en el siglo XVIII, siempre estuvo presente en el estudio.
Cuando a veces le preguntaba cómo podía representar con esa emoción sus jardines portorriqueños tan lejos de su isla, en el espacio cerrado, estrecho y atestado de obras de su estudio, contestaba, sonriente, lo que su amigo Shakespeare, por boca de Hamlet, le había soplado al oído: Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme reina de un espacio infinito.
Todo lo tengo aquí… y de aquí no se ha movido desde que abandoné Puerto Rico -insistía, señalando el corazón- Se quedó dentro con tal fuerza que no puedo representar otra cosa, por mucho que lo intente. Yo no pinto jardines y selvas, ellas vuelan sobre el océano hasta llegar a Madrid, entrado en tropel por la puerta del estudio para invadirlo hasta el último rincón. Es el recuerdo el que maneja el pincel, mi mano lo único que hace es sostenerlo para dejarse llevar. No tengo que dormir para soñar, solo con cerrar los ojos ya estoy rodeada de ceibas y yagrumos, flamboyanes, bambú, caña de azúcar, jaguey colorado, icaquillo, maricao y palmas reales. Y aquí las tienes –decía, riendo, poniendo sobre la mesa las acuarelas en las que vivían, para siempre, las plantas y flores que tanto amaba. Y volvía a reír cuando le recordaba que aunque Aristóteles dijo que el arte imita a la naturaleza, Oscar Wilde lo contradecía diciendo que era al contrario, que la naturaleza imitaba al arte (aunque yo mentía, ya que lo que dijo el inglés fue que la vida imitaba al arte). Además, cuando añadía que una cosa es hacer frases para la Historia y otra muy distinta imitar a la naturaleza, ella miraba entre la maleza que la rodeaba para comprobar que nadie escuchaba, y bajando la voz, aseguraba: -Es muy fácil, no tienes más que soñar, que este consejo me lo dio mi amigo Shakespeare levantando la vista del papel sobre el que escribía “La Tempestad”: -Querida Nati, estamos hechos de la misma materia de los sueños. Nuestro pequeño mundo está rodeado de sueños.
Y a la vista de su obra nadie la contradecía, ni a ella ni al bardo inglés.
Después de cada visita a su estudio salía, lo puedo jurar, más fresco, respirando mejor y desprendiendo aroma a flor de flamboyán y a orquídea, a amapola blanca y wedelia. Allí dejaba a Nati, recorriendo la selva con sus acuarelas, en compañía de Aristóteles, Oscar Wilde, Hokusai y Shakespeare… qué mejor compañía.

 

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