Cantando bajito

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Cantando bajito. Gerardo Aparicio
Ahora estoy mirando la mesa de trabajo de Natividad, sus cajas de acuarelas, sus lápices, restos de papel desechado, pinceles, aquí y allá, en un creativo desorden. Su estudio era caótico e intenso. Algunas veces, cuando estaba en silencioso ensimismamiento ante su  caballete yo la oía cantar muy bajito viejas canciones de su Puerto Rico natal. Cuando le satisfacía su trabajo, cosa rara, cantaba arias de ópera, (aprendidas de su padre, tenor aficionado) con una voz preciosa y vibrante.
Miro atentamente su mesa, sus bocetos, algunos trazados con decisión, otros apenas insinuados. Sus cuadernos son pequeños, humildes, de papel de baja calidad, muy maltratados, con las  esquinas rotas y los bordes magullados, con manchas de tinta y roces, que semejan palimpsestos.
Nunca supe porqué prefería trabajar sobre soportes pobres e incómodos en lugar de los más apropiados y de mejor calidad, que le regalábamos sus hijas y yo. Los tenía apilados en su repisa y nunca fueron abiertos.
Nati, como artista, siempre se negaba a sí misma. No la gustaba competir, no esperaba nada de su trabajo, Para ella era un camino que transitaba llena de gozo y buscando experiencias nuevas. Muy pudorosa, no enseñaba su obra fácilmente y solo la mostraba a aquel que lo solicitaba insistentemente.
Sus pinturas eran el recuerdo constante de su tierra, Puerto Rico, sus bosques acogedores algunas veces, inquietantes otras, sombríos y desbordados de luz  y color siempre. Su obra no sólo representaba un mundo vegetal pintoresco, sino que era también un canto a la vida.
Todo ese mundo pintado, dibujado o grabado, era la representación de esa naturaleza, recordada durante toda su trayectoria  artística. Un viaje constante e inquietante, donde las tierras de su amado país natal, soñadas primero y pensadas después, florestas, y selvas llenas de vida surgían una y otra vez en sus telas, grabados y dibujos, en un anhelo de buscar lo primigenio, con ausencia de la presencia humana, sin intromisiones.  Su paraíso terrenal.
Natividad era un ser fuera de lo normal, toda ella emanaba bondad, alegría y ganas de vivir. Aquellos que la conocieron quedaron prendados de este personaje tan positivo que transmitía serenidad, paz y alegría.
Al final, con la enfermedad haciendo estragos, cinco días  antes de su muerte seguía pintando, sentada y dolorida.
Y  yo la oía cantar bajito.

 

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